Te cuento la película

El conde de Montecristo

Le Comte de Monte-Cristo (2024) * Francia / Bélgica

Género: Aventura / Suspense

Duración: 178 min.

Música:Jérôme Rebotier

Fotografía: Nicolas Bolduc

Guion: Matthieu Delaporte, Alexandre de La Patellière (Novela: Alexandre Dumas)

Dirección: Matthieu Delaporte y Alexandre de La Patellière

Intérpretes: Pierre Niney (Edmond Dantès / Lord Halifax / Abad Busoni), Bastien Bouillon (Fernand de Morcerf), Anaïs Demoustier (Mercédès), Anamaria Vartolomei (Haydée), Laurent Lafitte (Gérard de Villefort), Pierfrancesco Favino (Abate Faria), Patrick Mille (Danglars), Vassili Schneider (Albert de Morcerf), Julien de Saint Jean (André de Villefort / Andrea Cavalcanti), Julie de Bona (Victoria), Adèle Simphal (Angèle de Villefort), Stéphane Varupenne (Gaspard Caderousse) Bruno Raffaelli (Morrel), Marie Narbonne (Eugénie Danglars), Bernard Blancan (Louis Dantes)

"1815. Napoleón, expulsado del poder, se refugia en la isla de Elba.

Sus partisanos ansían su regreso, pero se les persigue sin descanso y los arrestos y ejecuciones se multiplican en un clima de guerra civil."

Una noche de tormenta, cerca del cabo Corso, un buque mercante, el Faraón, encuentra una embarcación a la deriva y uno de sus tripulantes, Edmundo Dantés se lanza al agua y consigue rescatar con vida, aunque, al subirla al barco el capitán Danglars lo abofetea por haberlo hecho, pues le ordenó que no lo hiciera y lo recluye en la bodega hasta su llegada a Marsella.

Pero antes de atender a la náufraga, Danglars le incauta un documento que ve que es una carta firmada por Napoleón.

Al día siguiente, ya recuperada, la mujer pide al capitán que le devuelva lo que le arrebató y él pide un motivo para no denunciarla, sugiriéndole que le dé dinero, ante lo que ella arguye que no tiene dinero, pero sí amigos y si rebela a alguien el contenido de la carta lo matarán.

Al llegar a Marsella la mujer se dirige a Dantés para darle las gracias por los problemas que le causó y luego, tras decirle que se llama Angèle le pide que olvide su nombre.

Danglars lo acusa frente a Morrell, el naviero, de desobediencia y le dice que se niega a navegar de nuevo con él, ante lo que Morrell le dice que no tendrá que hacerlo, porque no navegará más para él por no haber cumplido con la obligación de auxiliar a los náufragos y permitir que una mujer se ahogase, y solo Dantés salvó su honor.

Luego, Morrell le presenta a su nieto, Maximiliano y lo nombra capitán.

Cuando regresa a su hogar va a ver a Mercedes, su novia y se besan y abrazan felices, y él le comunica la noticia que le han nombrado capitán y podrán casarse.

También su padre, mayordomo de los Morcerf, se emociona con la noticia de su ascenso y le pide que se lo comunique a los Morcerf, que le pagaron la Academia Naval.

Comen juntos y brindan por el capitán más joven de Marsella, y recuerdan que su madre fue la niñera de un futuro par de Francia, Fernand de Morcerf.

Llega también Mercedes, sobrina de los Morcerf y prima de Fernand y brindan por Edmundo.

Salen luego a navegar juntos Fernand, Edmundo y Mercedes y él muestra su felicidad porque por fin podrá casarse, quedándose muy sorprendido Fernand al enterarse de que su prometida es Mercedes Herrera de Morcerf, y, aunque Fernand, visiblemente contrariado dice que su madre nunca lo aprobará, ella le pide ayuda para convencerla.

Se celebra, en efecto la boda algún tiempo después, con Fernand enfadado, y fuera Danglars esperando algo.

Esto llega enseguida. Antes de que se lleve a cabo el enlace aparecen varios gendarmes con una orden de arresto contra Edmundo Dantés firmada por el procurador Villefort, y, aunque Fernand se opone, le dicen que es una orden del rey, y le asegura a Edmundo que volverá muy pronto.

Cuando llega al despacho del procurador, tras pasar por un patio donde hay varias personas colgadas, este, Villefort, le pregunta si tiene algún enemigo o alguien celoso, pues lo nombraron capitán e iba contraer matrimonio con una mujer de la mejor familia de la región.

Él solo recuerda un desacuerdo con un miembro de la tripulación, aunque no cree que pueda acusarlo de nada, a lo que el procurador le responde que de ser un agente de Napoleón, pues encontraron una Biblia en su camarote y entre sus páginas había una orden de misión firmada por Napoleón.

Él asegura que nunca ha visto ese papel.

LE cuenta que cerca de Cabo Corso salvó a una joven de ahogarse, aunque dice que no sabe nada de ella.

El procurador dice que no le parece un conspirador y está dispuesto a ayudar a un amigo de los Morcerf si colabora, aunque él le dice que solo sabe que se llamaba Angèle.

Villefort le pregunta si mencionó ese nombre a alguien más y él asegura que no.

Tras ello, el procurador le dice que debe retenerlo para interrogar al resto de la tripulación y si confirman todo le liberará.

Llega Fernand de Morcerf, justo cuando Villefort estaba con Danglars y Caderousse, y, aunque asegura que responderá por Dantés, Villefort le habla de la carta encontrada, y Morcerf reconoce que se sintió aliviado por el hecho de que lo arrestaran antes de casarse con Mercedes.

No obstante, Villefort le dice que si él está dispuesto a responder por él lo liberará, aunque Morcerf dice entonces que no desea que el nombre de su familia quede mancillado, y cree que para evitarlo, debe pagar por su traición.

El procurador le dice que salvará el honor de su familia, pero que tendrá que testificar.

Dantés se sorprende al ver que no le liberan, sino que se lo llevan los guardias tras golpearlo duramente para acallar sus protestas, aunque el jefe de los guardias le dice que si fuera culpable lo habrían ahorcado, y que, si no lo hacen, es porque él sabe algo que no desean que se sepa.

Liberado de su rival, Fernand va a ver a Mercedes para decirle que no pudo hacer nada, quedando ella destrozada.

Villefort, va a ver a su amante, Victoria, y ve que está allí su hermana Angèle Villefort, que le dice que debe saber que Dantés es inocente y le pregunta por qué lo arrestó, a lo que le responde que para salvarle la vida a ella, que lo acusa de no ser honrado, animándola él a confesar, ante lo que ella asegura que lo hará pese a que sabe que él prefiere que nadie sepa de su existencia ni de la de Victoria ni de su futuro hijo.

Enfadado por sus palabras, Villefort la deja sin sentido y pide a Danglars que se deshaga de ella.

Prisión del Castillo de If. Cuatro años después

En una profunda mazmorra, a la que se accede desde la parte superior por un estrecho ventanuco cubierto con una reja, única entrada, por donde les bajan, y desde donde les hacen llegar la comida en un cubo, Dantés, sobrevive con largas barbas y pelo muy descuidados, y que rememora constantemente su pasado junto a Mercedes.

Pero un día escucha ruidos al otro lado de la pared y ve que se mueven algunas de las piedras y pregunta si hay alguien allí mientras él mismo ayuda desde su celda y ve que al otro lado hay un hombre que le pregunta quién es, y le explica que es Edmundo Dantés, y le dice que ya no sabe qué edad tiene.

Le cuenta que tenía 22 años cuando le encerraron, el 16 de mayo de 1815. El hombre le dice que eso fue cuatro años atrás, por lo que tiene 26.

El hombre se muestra receloso. Solo dice que es un prisionero como él.

A partir de ese momento, y con su cuchara, comienza a tratar de remover las piedras que le separan de la celda de al lado.

Logra así colarse por el hueco y pasar por un estrecho túnel hasta otra celda, donde lo recibe el otro prisionero que lo abraza y le dice que lo esperaba.

El hombre, que se presenta como Abate Faria, le cuenta que excavó 30 metros en 6 años, y para rodear su celda y salir al exterior deberán cavar el doble, pero, por otra parte, no tienen nada mejor que hacer.

A partir de ese momento Edmundo comienza a cuidarse y a hacer ejercicio y come todo lo que puede.

Cuando le Edmundo le cuenta su historia, el abate le dice que está allí porque querían silenciarlo, y a él querían hacerlo hablar.

Al ver que no habla más idioma que el francés, el abate le dice que en 6 o 7 años sabrá lo mismo que él, pues la filosofía, la historia, y las matemáticas son armas tan liberadoras como las que usarán para excavar.

El abate le pregunta qué es lo primero que hará al salir y le dice que irá a buscar a Mercedes y Faria le pregunta qué hará si no le esperó, diciendo que entonces no le quedará nada.

El abate le cuenta la historia de los primeros cruzados, encargados de defender la tumba de Cristo y que crearon 700 años atrás, en Jerusalén, la orden de los Templarios que, gracias a sus victorias amasaron el mayor tesoro existente en el mundo.

Con el tiempo, su poder y riqueza generaron envidias y el viernes 13 de octubre de 1307, el rey de Francia ordenó su arresto y confiscar sus bienes, aunque no encontraron el tesoro.

Centrados en su venganza y en castigar a los traidores, los templarios fueron muriendo sin hacer nada con esa riqueza.

El último de ellos fue el cardenal Spada que acabó su vida refugiado en la isla de Montecristo y logró formar a un último caballero, a Giuseppe Faria, él mismo, que es el último superviviente y sabe dónde está escondido ese tesoro, y le dice que a partir de ese día la mitad le pertenece, aunque le pregunta qué hará con esa fortuna, si la usará para el bien o dejará que su corazón se pudra de odio.

Prisión del Catillo de If. Diez años después.

El túnel es ahora ya muy largo, pero un día, mientras excavan, el abate ve que han llegado a un punto donde hay agua salada, lo que indica que les quedan pocos días.

Pero justo en ese momento se escucha un ruido y hay un derrumbe, que cubre a Faria por completo de piedras y tierra, dejándolo malherido.

Edmundo se dispone a pedir ayuda, pero el Abate le dice que ya es demasiado tarde y le pide que no esté triste, pues él ha sido el único consuelo de su vida porque el Señor lo mandó hasta él.

Le recuerda que el tesoro existe y que sabe dónde encontrarlo y le repite, Montecristo.

Cuando el Abate muere, él llora desconsolado.

Como cada día, los guardianes hacen su ronda de control y preguntan a cada preso si está vivo, y ven que el Abate no responde, por lo que el guardián baja para comprobar que, en efecto, el hombre está muerto, y pide un saco para subirlo.

Aprovechando un momento en que el guardián sale, Edmundo se cuela en el saco, que es izado y llevado por dos hombres hacia el mar.

Entretanto, otro guardián sigue su ronda preguntando al resto de prisioneros si están vivos, y ve que en la celda de Dantés tampoco responden.

Los dos hombres encargados de cargar con el saco llegan hasta la parte alta del castillo y se disponen a lanzar al hombre al agua mientras en la celda de Dantés el guardián descubre que quien está allí es el Abate y lanza la voz de alerta, aunque, para entonces, ya lanzaron al hombre al agua.

En esta, Dantés pelea para deshacerse del saco que sirve de mortaja y emerge y se aleja nadando de la isla y consigue llegar a tierra, exhausto.

Camina luego por el bosque hasta llegar a la casa de los Morcerf, donde es recibido por una sirvienta que le apunta con una carabina, y él pregunta por Louis Dantés, y la mujer le cuenta que lo enterraron hace mucho tiempo. Que se dejó morir de hambre cuando murió su hijo, para reunirse con él.

Él le dice que su hijo no está muerto.

La mujer le pregunta si también él es marinero, a lo que responde que sí, diciéndole la mujer que le dará algo de comer, pero luego debe marcharse.

Pregunta luego por Mercedes y por Fernand y la mujer le dice que hace ya más de 7 años que no van por allí, pues se fueron a vivir a París cuando nació su hijo.

Se acerca luego hasta el mar y ve el barco en que viajaba con Fernand y con Mercedes y comienza a navegar con él recordando las instrucciones de Faria de evitar el mar de Liguria, por las patrullas y de que navegara hacia el cabo sur de Cerdeña y dónde hacer escala hasta Montecristo, una isla a la izquierda del archipiélago Toscano.

Al llegar debe adentrarse por el extremo sur hasta encontrar la austera cripta de los Spada, a la que ve que se llega tras bajar centenares de escalones.

Frente a esta ve una enorme figura que representa un caballero templario bajo cuya capucha encuentra un mando que hace que se abra la cripta, y puede penetrar en ella hasta llegar a una profunda sima y lanza su antorcha para ver, abajo, el tesoro.

Marsella. Un año después

Un anciano abad, Busoni, avanza por las calles de Marsella, y ve cómo niegan la entrada en un bar a Caderousse por falta de dinero, y el abad dice que es amigo suyo y lo invita a entrar con él.

Le muestra unos diamantes y le dice que en su lecho de muerte Edmundo Dantés le dijo que los repartiera entre sus amigos más queridos.

Que supuso que lo había denunciado Danglars y hubo dos hombres que le fueron leales, Caderousse y Fernand de Morcerf.

Pero Caderousse le pide que se guarde los diamantes, pues ninguno de ellos se los merece, aunque no desea hablar, pues asegura que si le cuenta lo que sabe, sabrán que fue él, pues son ricos y poderosos.

El anciano le dice que no debe temer, pues él se debe al secreto de confesión.

El marinero le dice que Dantés tenía razón sobre Danglars, pues fue él quien le denunció, y respecto a Fernand de Morcerf le pregunta qué amigo codiciaría a la mujer de su amigo y asegura que por su amor a Mercedes sacrificó a Edmundo.

El procurador le dijo, tras su firma, que viviría, pero que el mundo le daría por muerto.

Le asegura que el único merecedor del afecto de Dantés fue Morrell, que luchó por su liberación, pero tras su arresto tuvo que renombrar a Danglars capitán y este lo traicionó haciendo desaparecer la mitad de su flota y dijo que la robaron los piratas, por lo que, arruinado, tuvo que vender la compañía y se la compró Danglars por una miseria. Y dos meses después, "milagrosamente", los barcos reaparecieron y Villefort no hizo nada.

Tras ello, Victoria, la amante de Villefort se convirtió en la señora Danglars, que ahora es baronesa y Morrell murió en la miseria.

Le pregunta por su actitud, y él dice que no podía hacer nada contra un capitán, un conde y un procurador, pues, de haber sido más valiente habría acabado como Angèle, la hermana de Villefort, que fue a ver a su hermano para salvar a Dantés y este acabó con ella y pidió a Danglars, que estaba allí con él, que se deshiciera de ella.

No murió. Danglars tenía otros planes para ella. La vendió a los hermanos Maillar, dueños de un burdel en Toulon.

El religioso le echa en cara que no hiciese nada pese a saberlo todo y él le dice que se avergüenza, ante lo que el abad le dice que algún día volverá y le dará la oportunidad de redimirse.

Acude luego a la iglesia donde se iba a casar y habla con Dios al que dice que no ha ido a rezar, solo advertirle que hará lo que lo que él no hizo. Él dará la recompensa o el castigo.

Dantés se adentra en los barrios bajos y da dinero a un niño que lo guía hasta una casa.

Entra en un cuarto, donde, en un camastro hay una mujer muy enferma y le recuerda que un día le dijo: "nunca olvidaré vuestro valor, pero olvidad mi nombre", pero no lo ha olvidado, ni tampoco su valor.

Angèle comprende que es Dantés, que le dice que ha ido a buscarla, aunque ella le dice que es demasiado tarde para ella, pero que puede salvar al niño.

Le cuenta a Edmundo que cuando llegó allí solo tenía en su cabeza la idea de vengarse de su hermano y buscó por ello el modo de escapar, y un día lo consiguió gracias a un cliente, un sastre de París que sabía que su hermano estaba destinado allí.

Encontró la dirección de Victoria, su amante y fue dispuesta a vengarse. Hacía mucho frío y pensaba que esa noche su hermano iba a morir, por lo que entró en su propiedad con un cuchillo, aunque nada salió según lo previsto.

Desde el jardín escuchó un grito de Victoria y vio salir a Gérard con un cofre, que vio que enterraba en el jardín.

Luego, cuando él se fue y se acercó al lugar, escuchó el llanto de un bebé.

Desenterró el cofre y se llevó al bebé. Entre la venganza y la vida, eligió la vida.

Pero como no conocía a nadie en París, regresó con el sastre.

Pero los hermanos Maillard le habían seguido la pista y la esperaban.

Edmundo le pregunta qué fue del niño.

Acude al día siguiente a un orfanato y le llevan al niño que buscaba, André, y le cuenta que va de parte de Angèle, que está a punto de morir, para que pueda despedirla y luego se irán y se prepararán para vengarse de los tres hombres que robaron su vida, la de André y la de él mismo.

André dice que quiere matarlos, pero Dantés le dice que eso sería demasiado fácil y piadoso. Que les arrancarán el corazón.

El chico le pregunta quién es y se presenta como Conde de Montecristo.

París. Cinco años después

El general de Morcerf decidió retirarse del ejército y dedicarse a la política en la Cámara de los Pares, donde es presentado por Villefort como un gran soldado que luchó en Moskova, Leipzig y Turquía, y arriesgó su vida, y de hecho lleva un parche en uno de sus ojos que así lo demuestra.

Entre los invitados están Mercedes y su hijo, y Danglars, pero también Dantés.

Cuenta Villefort que 10 años atrás, cuando Alí, el Pachá de Janina y aliado de Francia estaba asediado por las tropas turcas, el coronel de Morcerf lideró un escuadrón y se abrió paso para ayudar a su aliado solo por amistad, aunque sabía que sería inútil.

De regreso, en su carruaje, Fernand le dice a Albert, su hijo, que no prestó mucha atención a la joven Eugénie Danglars, cuya dote será de dos millones cuando se case.

Pero Mercedes le dice que su hijo es un hombre moderno y romántico y cree en el amor.

Mientras hablan, el carruaje debe parar por un obstáculo, momento en que se acerca un enmascarado que le arranca a Fernand la medalla de la Legión de Honor y huye.

Albert reacciona y sale corriendo tras el ladrón hasta una plaza donde, de pronto se ve rodeado por un grupo de hombres, que armados con palos lo golpean, hasta que, de pronto aparece Dantés, que dispara a uno de los hombres y luego se enfrenta a los demás con gran habilidad y va acabando con ellos y le lanza su pistola al joven, que dispara a uno de los atacantes.

Y cuando parece que todo acabó, Albert es golpeado por el ladrón, que resulta ser André, que lo deja sin sentido, tras lo que se levantan el resto de los atacantes, que simularon haber quedado sin sentido o muertos, pero que están bien, y dejan a Albert tirado, dejando al muchacho tumbado junto a la pistola con las iniciales de Montecristo.

Dantés al llegar a casase quita la máscara que llevaba puesta y ensaya lo que les dirá.

Tal como preveía, recibe la visita en su fastuoso palacio de Fernand y de su hijo, sorprendidos al ver su magnificencia.

Él les explica que apenas lleva unas semanas en Francia y ellos le dicen que han ido a agradecerle que salvara a Albert, que le devuelve su arma, que mandó reparar, pues se rajó la culata, y Montecristo le dice que ahora le pertenece, aunque Albert la rechaza, pues dice que su deuda por su vida es ya muy elevada.

Les pregunta si les gustan las armas y los lleva hasta una sala donde tiene una colección de magníficas pistolas y enseguida Fernand muestra su conocimiento, señalando Albert que su padre luchó contra el sultán Koudhid y él, finge sorprenderse, y pregunta si es Morcerf y le dice que es un honor, y le pide que pruebe el arma, demostrando una excelente puntería, que Montecristo mejora a continuación.

Convence luego a Fernand de que deje que su hijo se quede para conocerlo mejor.

Antes de marcharse, Fernand le invita a que acuda el domingo a una cacería que organiza el barón Danglars, aunque él se excusa, pue dice, debe recibir al hijo del príncipe Cavalcanti, ante lo que le pide que lo lleve también.

Albert, entretanto comienza a curiosearlo todo mientras André lo observa a él.

Escucha a una mujer que canta y siguiendo el sonido de su voz puede observar sin ser visto, a una joven que toca la guitarra y canta y de la que se queda prendado.

Aparece el conde con el que se disculpa y le dice que no quería importunar a su esposa, ante lo que le dice que Haydée no es su esposa, sino su ahijada.

Albert le pide que se la presente y él le dice que lo hará si le promete que nunca intentará seducirla, pues es peligrosa y puede romper su corazón, pues no está lista para amar y le explica que el secreto de su voz está en su pasado, pues cuando asesinaron a su padre la vendieron a una tribu valaca en los Balcanes. Allí la encontró y la acogió.

Se la presenta y ella actúa como ensayó ya con André, muy finamente, preguntándose entonces si querría volver a verla, a lo que Dantés le asegura que querrá.

Durante meses, Dantés educó a André para que no diera la impresión de que no creció en la miseria y para parezca que es un verdadero príncipe, Andrea Cavalcanti.

El domingo acuden André y Dantés a la cacería.

Les espera allí Fernand con su hijo Albert y les presenta a Villefort y al barón Danglars.

Dantés advirtió a André que no debía inmutarse al ver a su padre, ahora poseedor de una gran fortuna gracias a los barcos robados que utilizó para comerciar con esclavos, y le advierte que debe desconfiar de su sonrisa, pues es cruel y presume de ello, aunque tiene un punto débil, su hija.

Cuando cae el primer ciervo, Danglars se dispone a rematarlo, aunque se lo ofrece al conde que le asegura que tiempo atrás se prometió matar solo en defensa propia, y se ofrece a hacerlo el "príncipe", que mira a su padre y clava el cuchillo con saña.

Más tarde, en la finca, André habla con Eugénie, la hija de Danglars.

Villefort comenta en su círculo que ya no hacen tantas ejecuciones.

Morcerf lo reclama para ir a presentarle a Mercedes, que se queda paralizada al verlo y escucharlo, y, cuando se repone, le da las gracias por haber salvado a su hijo.

Al ver la conmoción de su madre, Albert va tras ella, que le pregunta qué sabe de ese hombre, a lo que le responde que es tan rico como un rey y que le salvó, por lo que no debe temer nada de él.

Luego, en su casa, Dantés recuerda los momentos de su juventud junto a Mercedes y lee la carta enviada al procurador por Fernand en la que atestigua que Edmundo Dantés en su presencia y en reiteradas ocasiones mostró su simpatía por Napoleón.

Haydée le dice que así no logrará dormir y le pregunta si es por las pesadillas, a lo que le responde que no desea dejar de tenerlas, pues le ayudan a tener las heridas abiertas.

Le cuenta que volvió a ver a Mercedes y esperaba encontrarla cambiada por la pena, pero cree que esta le debió durar poco.

Pasan a codearse con la élite parisina y juegan a las cartas con todos sus enemigos.

Montecristo cuenta que el padre del príncipe es la segunda fortuna mayor de Italia, después de é, exclamando Danglars que por fin conoce a alguien más rico que él.

Cuentan que "El Imparcial" fue comprado por un Lord inglés, Halifax, del que Montecristo comenta que compra periódicos para difundir noticias falsas y especular en la bolsa.

Cuando se van, Albert sale a entregar a Haydée un abanico que dice olvidaba.

Montecristo aprovecha para decirle que va a dar una cena en una pequeña villa y lo invita a acudir a ella.

Se cruzan a la salida con Mercedes, que llega en ese momento y que le pide disculpas por su actitud del día anterior, pues dice, le recordó a alguien que falleció tiempo atrás.

Y al mirarle a los ojos se queda de nuevo callada y dice que le volvió a pasar.

Él dice lamentar evocar esos malos recuerdos, aunque ella le dice que ya lo superó.

En el carruaje Haydée extrae una carta del abanico de Albert en que la cita, en el Jardin des Plantes al día siguiente a las 5 y le dice que desde que la vio solo piensa en ella.

Ella acude al lugar propuesto y pasean juntos.

Él le cuenta que su padre querría casarlo con la hija de un barón, pero a él no encuentra en ella el encanto que busca.

Le dice luego que no irá a la cena del sábado, pues se quedará con su madre a la que no le gustan los actos sociales.

A la vuelta, Dantés le pide que le hable de Albert, aunque ella dice no tener nada que decir, y no hace falta que le recuerde lo que su padre le hizo al suyo y tira los guantes al fuego, porque él los besó.

Villefort y Victoria ven con sorpresa que el lugar donde se celebra la cena es la villa donde vivió ella cuando era su amante y ambos se sienten mal.

Danglars, ignorante de aquello dice que imaginaba que elegiría un lugar más céntrico, aunque Dantés dice que compró esa propiedad porque le aconsejaron no hacerlo, porque dicen que está encantada.

André dice que se cuenta que allí se produjo un crimen horrible. Que sacrificaron a un niño, aunque Villefort dice que eso son historias inventadas por sirvientes o vecinos envidiosos.

Pero Montecristo les dice que tras sus numerosos viajes ha descubierto que existe un mundo invisible poblado de espíritus, y cuando visitó esa casa por vez primera lo notó y tuvo la convicción de que allí debió cometerse un crimen atroz y pidió que le dejaran pasar allí una noche.

Se instaló frente a la chimenea y fumó un poco de opio para estar más receptivo, y entonces escuchó varios golpes en la pared y luego oyó unos gritos que venían de arriba y subió las escaleras y los gritos se convirtieron en gemidos que venían de la habitación.

Mientras lo cuenta, Victoria se siente acongojada, y más cuando Dantés cuenta que tocó la cama y vio a una mujer que se retorcía de dolor mientras daba a luz un bebé ella sola. Luego sintió una presencia detrás de él y escuchó un susurro. La voz de un niño que le rogó que le liberara y encontró una puerta oculta y vio unas escaleras que llevaban al jardín y volvió a escuchar la voz del niño que decía que llevaba solo mucho tiempo y lloraba y llamaba a su madre.

Decidió buscarlo, pero el jardín era muy grande y lo dejaron para el día siguiente. Cavaron todo el jardín. Arrancaron los manzanos y levantaron el camino sin resultados, por lo que decidió llevar un cerdo trufero que no encontró nada.

Pero el día anterior, mientras clavaban las antorchas para la cena, una de ellas se rompió y cavaron en esa zona y encontraron un cofre, aunque, les dice que no sabe qué hay en su interior, pues los ha esperado a ellos para abrirlo.

Salen al jardín, donde tiene el cofre, con Villefort y Victoria inquietos y Danglars expectante. Dantés pregunta al procurador si desea abrirlo, aunque declina la invitación, y Victoria pide que no lo abran.

Pero cuando lo hace observa que no hay nada más que unos trapos.

Victoria, muy angustiada, habla después con Villefort y le dice que describió todo como si hubiera estado allí, con todo lujo de detalles, y Villefort dice que demasiados detalles y ella le pregunta dónde está el cuerpo del niño y él le asegura que lo puso allí.

Ella le recuerda que le dijo que estaba muerto y él le dice que lo estaba, pero no sabe dónde está, pero le asegura que en una semana sabrá quién es Montecristo.

Este, le dice a André que a Danglars le obsesiona el dinero y por ello no desconfiará de quien nunca se lo pidió y que ya se ganó la confianza de Morcerf salvando la vida de su hijo, por lo que solo queda Villefort, que es desconfiado por naturaleza, pero está seguro de que Victoria le pedirá explicaciones y comenzará a investigar y buscará entre los enemigos del conde, como Lord Halifax.

En efecto, Villefort acude al inversor inglés, que le confirma que Dantés no estuvo antes en París, pues de ser así él ya lo sabría.

Le pregunta dónde estaba 15 años atrás, y le responde que en India y que en esa época lo encontraba divertido aún. Pero una noche castigó un criado indígena y Montecristo lo retó a un duelo.

Villefort le dice que Montecristo no le ha hecho nada aún, pero no sabe si es amigo o enemigo, a lo que Halifax le dice que si fuera su enemigo ya lo sabría, pues no oculta sus intenciones y le advierte que si se hace amigo, él se convertirá en su enemigo.

Cuando se marcha Villefort, Halifax llama a su criado, mostrando que es el propio Montecristo disfrazado poniendo acento inglés gracias a su dominio del idioma.

Les dice a sus protegidos que debe viajar hacia el sur, pero que regresará para la fiesta que Danglars organiza para celebrar los 20 años de su hija, y espera que entre tanto André se acerque a ella y que Haydée enamore a Albert.

Y así lo hacen, yendo él a casa del armador y saliendo Haydée con Albert.

Pero un día, Eugénie le dice a André que ojalá pudiera amarlo, pero que no es capaz, y él le dice, tal como ensayó con Montecristo que sabe que nunca sentirá por él lo que siente por Suzanne, su profesora de canto, pero le guardará el secreto, pues sabe lo que es llevar una doble vida y no poder ser quien eres, y le dice que él será su tapadera.

Dantés viaja a Marsella y va a visitar la tumba de su padre.

Luego vuelve a ver a Caderousse y le dice que le llegó la hora de redimirse.

Mientras André se hace con la amistad de Eugénie, Haydée se gana el amor de Albert, que le escribe una carta en la que le dice que revive en sus sueños cada momento vivido con ella y guarda su partitura por los recuerdos que le trae, aunque ella la quema.

El día del cumpleaños de Eugénie, se reúne en casa de Danglars toda la alta sociedad parisina, acudiendo también el conde.

Viendo a Albert con Haydée, Mercedes le dice a Montecristo que es bonito ver a los jóvenes con tanta prisa por vivir, tras lo que le pide que le dé su brazo, pues le apetece caminar. Él nota que le tiembla la mano y rechaza el vino que ella le ofrece y le dice que no bebe nunca, ni desea comer tampoco, rechazando compartir comida.

Van hasta el invernadero y allí Mercedes le pregunta si son amigos y al confirmárselo él le pide por ello que comparta algún recuerdo con ella y le pregunta si es cierto que ha visto, viajado y sufrido tanto como parece, por sus ojos.

Le responde que los viajeros siempre están buscando o huyendo de algo, y cuando le pregunta si él lo ha encontrado le dice que su viaje no ha finalizado.

Ella le pregunta si vive solo y le dice que no tiene ningún familiar, solo a Haydée, que se irá pronto, ante lo que ella le pregunta cómo puede vivir sin nada que le ate a la vida.

Le cuenta que una vez amó a una mujer e iban a casarse, pero la guerra le hizo alejarse de ella y pensó que le amaba tanto que le esperaría, pero cuando regresó se había casado y al ser su corazón muy débil sufrió más de lo que hubieran sufrido otros.

Ella le pregunta si aún guarda ese amor en el corazón a lo que le responde que solo se ama una vez, ante lo que ella le pregunta si volvió a ver a esa mujer, a lo que responde que jamás.

Ella le pregunta si le perdona todo lo que le hizo sufrir, y él dice que solo se puede perdonar a quien pide perdón y le pregunta si lo haría si le pide perdón ahora.

Los interrumpe un grito terrible, pues el Imparcial publicó la noticia del robo en Marsella de la flota de Danglars.

Se preguntan cómo se puede robar toda una flota del puerto a plena luz del día, y, como no los tenía asegurados, las acciones de Danglars cayeron en picado.

Dantés sabe que gracias al telégrafo del ejército Danglars será el primero en saber que en realidad no ha pasado nada en Marsella, como así sucede en realidad, pues Fernand le lleva la noticia de que el periódico mintió y que su flota está bien, e inmediatamente piensan que fue una treta de Halifax para hacerse con sus acciones a un precio bajo.

Pero Danglars se niega a desmentirlo. Como todavía nadie sabe la verdad, si recompra las acciones desplomadas, en dos días tendrá unos beneficios extraordinarios, aunque debe comprarlas ese mismo día antes del cierre de la bolsa y de que Halifax se le adelante, y para ello necesita 500 millones, que piensa que podrá obtenerlos del peor enemigo de Halifax, el conde de Montecristo.

Van, en efecto él, Morcerf y Villefort a verlo, y él dice que el mar siempre le trajo mala suerte y por ello no comprará sus acciones, pero para poder castigar al enemigo le prestará el dinero.

Danglars le asegura que se lo devolverá con un 20% de intereses, aunque Montecristo le dice que se lo prestará sin intereses pues en Sicilia dicen que no debes hacerte rico a costa de un amigo.

Danglars cuenta que hipotecó todas sus propiedades, y, aunque así no llega a los 500 millones, son 200, como garantía, aunque él insiste en que le basta con su palabra hasta que Morcerf le dice que en Francia dicen "cuentas claras, amistades largas", y él dice que entonces, y por la amistad, acepta sus garantías personales, asegurando Danglars que en una semana se lo habrá devuelto todo.

Villefort les cuenta que ya tiene lista la demanda contra Halifax y se ocupará personalmente del juicio, y Montecristo dice que está deseando acudir al mismo.

Unos días más tarde es convocado, en efecto, Halifax ante la expectación de la alta sociedad, aunque el juez recibe una nota en que le informan que Halifax abandonó repentinamente el país, aunque enviará a su representante, que comparecerá a las 2.

Justo a esa hora, y comandados por Caderousse, un ejército de hombres asalta y roba la flota de Danglars por sorpresa.

Y, cuando en el tribunal piden al representante de Halifax que se presente, sale André que dice que acusaron al Imparcial de difundir noticias falsas, pero asegura que es cierto que la flota de Danglars desapareció y pide que lo confirmen contactando con la capitanía del puerto de Marsella, y se compromete a firmarlo, pero con su verdadero nombre, que no es Andrea Cavalcanti, como lo conocen. Y cuenta que, tras años en las calles le acogió una de las familias más ricas de la aristocracia italiana y, aunque creció siendo un ladrón, ahora es príncipe y fue en París donde conoció a su verdadero padre.

Cuenta entonces que nació el 3 de noviembre de 1815 en Auteil.

Villefort, nervioso le pregunta si puede presentar pruebas. Le dice que lo hará.

Cuenta luego que es el hijo bastardo de un aristócrata francés y de su amante, aunque su madre ignora que está vivo porque su padre le aseguró que había muerto al nacer, pero solo lo envolvió en un trapo y lo enterró vivo.

Le preguntan si habla de un intento de infanticidio, y él dice que habría sido así si su tía no hubiera escuchado los llantos y le hubiera salvado, y les muestra el trapo en que fue envuelto y en el que está el escudo del hombre que lo enterró vivo, Villefort, que dice que es una calumnia y le demandará.

Le dicen que un trapo no es suficiente incluso aunque tenga sangre, aunque él dice que el propio procurador le aportará las pruebas, aunque le pide que no obligue a testificar a su madre, pues ya la hizo sufrir bastante.

Esta apenas puede sujetar las lágrimas.

Villefort se marcha y dicen que se suspende el proceso hasta que se investigue.

Montecristo le dice a Haydée que le queda un enemigo menos.

Eugénie le pregunta tras el juicio a André por qué no le dijo la verdad, y él le explica que su padre quería que fuera su yerno, pero no es posible porque tienen la misma madre.

A la salida, Danglars aborda al conde y le asegura que sus barcos estaban el día anterior en Marsella, y que necesitará unos días más para devolverle el dinero, aunque el conde le dice que ya no le queda nada, pues todo lo que tenía es ahora suyo y solo le queda la ropa que lleva, tras lo que le indica que debe abandonar París de inmediato y así conseguirá que su mujer y su hija no se mueran de hambre.

Le pregunta tras ello si le parece cruel, la misma pregunta que Danglars le hizo años atrás en el barco, y le responde también con las mismas palabras, que claro que lo es, y a mucha honra ante lo que Danglars lo observa tratando de descubrir quién es.

Cuando se marcha, comenta que ya van dos.

Los gendarmes escoltan a Villefort cuando por detrás se acerca André con un estilete y lo llama: "padre" y se lo clava en el cuello mientras le dice: "de parte de Angèle.

Luego, mientras trata de huir, uno de los gendarmes dispara contra él y le alcanza por la espalda.

Haydée le pregunta por qué, y llora, y él le pide que no lo haga.

Dantés ve ya muertos a padre e hijo desde lo alto y se le escapa una lágrima.

Ante su tumba Haydée se muestra esquiva con Montecristo y le dice que sabían que eso iba a pasar.

Él le dice que no le quiso escuchar y ella le dice que solo le enseñó a odiar y así le puso ese cuchillo en la mano.

Él dice que le quería como a un hijo y ella le pregunta si también la quiere a ella y si también la sacrificará por su venganza, a lo que le responde que no es venganza, sino justicia, y no debe olvidar quién traicionó a su familia.

Pero Haydée se queda desolada y escribe una carta a Albert en que le dice que si la quiere como ella lo quiere a él, que no intente volver a verla y que guarda las fuerzas para luchar contra ella misma y tragarse las lágrimas, tras lo que le pide que sea feliz lejos de ella.

Los padres ven cómo Albert sale corriendo de casa. Cabalga a toda prisa hasta la mansión de Montecristo, para ver a Haydée, que le dice que no puede estar allí y le pide que huya de ella, pues será su perdición, ante lo que él le propone huir juntos y le promete la felicidad, pero ella le dice que no la conoce, ni conoce al conde e insiste en que si la ama como ella lo ama debe decirle adiós.

Con lágrimas en los ojos, él se despide y le dice que desea que sea tan feliz que jamás vuelva a recordarlo.

Al verlo así, ella le pregunta qué va a hacer, diciendo él que se quede tranquila, pues mantendrá su promesa y ella le exige que diga que va a vivir, aunque él le pregunta qué le importa si para ella ya está muerto, ante lo que Haydée se lanza a sus brazos y le dice que deben huir.

Pero al intentarlo, son interceptados por Dantés que le dice a Haydée que si se quiere unir a la familia Morcerf, Albert merece conocer su historia y, si no lo hace, deberá retenerla o se lo contará él, ante lo que Haydée le dice que se lo contará ella.

Le explica que es la hija de Alí-Tebelín, pachá de Janina y que ella tenía 10 años cuando lo asesinó delante de ella y de su madre un soldado francés supuestamente aliado que lo atravesó con una docena de balas, y pese a ello, su padre se mantuvo en pie y disparó al hombre que lo había vendido, destrozándole un ojo.

No volvió a ver a su madre y a ella, el oficial la vendió como esclava a una tribu valaca de los Balcanes.

Albert le dice al conde que lo manipuló desde el principio, aunque él le recuerda que le advirtió que no intentara seducirla, aunque Albert le dice que lo ha utilizado y que se lo ha robado todo. Que solo quedaba su nombre y lo ha mancillado y le lanza un guante.

Haydée suplica al conde que no lo recoja, pero él le dice que se lo devolverá al amanecer envuelto en una bala.

Haydée le recrimina, cuando el muchacho se marcha que no tiene ninguna piedad, y él le pregunta quién tuvo piedad con Edmundo Dantés y asegura que Fernand de Morcerf sufrirá como lo hizo su padre.

Ella le dice que si mata a Albert ya no podrá decir que Dios está con él, será un asesino.

Él le responde que la Biblia dice que los hijos pagarán por los pecados de sus padres.

Pero esa noche, Mercedes se presenta en su casa mientras él prepara sus armas.

Se trata de Mercedes, que le dice al verlo: "Edmundo, no matarás a mi hijo" y le dice que no tiene delante a la señora de Morcerf, sino a Mercedes, aunque él le dice que no conoce a nadie con ese nombre.

Ella le asegura que lo reconoció en cuanto lo vio, y aún sin verlo, habría reconocido su voz, y aunque su razón lo negaba, su corazón lo sabía, y desde entonces no ha dejado de observarlo intentando comprender qué quiere de Morcerf.

Ella le dice que fue ella la culpable y la que fue débil ante su ausencia y su soledad y perdió la fe cuando supo que había muerto.

Él pregunta por qué se quedó sola y por qué lo detuvieron y por qué le dieron por muerto, a lo que ella le dice que lo ignora.

Él le muestra entonces la acusación de su marido que lo llevó a prisión y dice que debe vengarse, y ella le pide que se vengue, pero de los culpables, de Fernand y de ella, pero no de Albert.

Le dice luego que rezó mucho y lloró mucho también, ante lo que él le recuerda que ella no perdió a su padre ni vio a la persona amada en brazos de su rival.

Ella le responde que no lo ha visto, pero ahora ve al hombre que nunca dejó de amar dispuesto a asesinar a su hijo, ante lo que él le dice que su hijo vivirá, y ella le da las gracias y lo abraza y le dice que lo ha encontrado, tal y como siempre soñó y quiso, aunque él le dice que ahora deben decirse adiós, pues si renuncia a hacer justicia, renuncia a todo lo que le mantiene vivo y el duelo será al día siguiente.

En efecto, al día siguiente se enfrentan ambos contrincantes en duelo.

El primero en disparar, como agraviado, será Montecristo, que desvía el tiro y no le da.

A Albert le tiembla el pulso al apuntarle y Montecristo cierra sus ojos, dispuesto a morir.

Cuando ve llegar la carroza, Haydée sale y le dice al conde, cuando sale, que nunca le perdonará que haya acabado con su vida y que le haya destrozado a ella el corazón.

Él le pregunta si lo amaba de verdad, y ella le dice que todo le hacía odiarlo, pero se pregunta quién manda sobre el corazón e indica que de nada sirve la razón, y que él ha causado su desgracia y la de ella, y le pregunta qué hace con todo el amor que ya no puede darle y con las palabras que no le puede decir, a lo que él le responde que ya se las ha dicho y las ha escuchado bien, tras lo que se aleja, viendo ella aliviada cómo del carruaje baja Albert. Se abrazan y se besan.

Dantés les dice que huyan y que no dejen que nadie les robe la felicidad.

Por su parte, Mercedes también se marcha de su casa, lo que hace que Morcerf, deseoso de venganza vaya hasta la mansión del conde, y, al llegar armado con su espada, lo llama por su nombre, Edmundo, y le dice que al fin ve su verdadero rostro.

Él le responde que él también quiso conocer el suyo para saber quién era de verdad y por ello fue allí donde él había estado y conoció a todos. A sus amigos, compañeros de armas y enemigos y le pregunta a quién no traicionó y a quién le fue leal, pues en todas partes vio su verdadero rostro.

Fernand dice que perdió la fe en los hombres el día que lo traicionó, y él le dice que podría haberlo matado, a lo que Fernand dice, nunca es tarde, y se lanza contra él.

Empieza un duro combate a espadas que empiezan dentro y continúan en los jardines, donde Fernand lanza a Edmundo desde la parte de arriba de las escaleras, pese a lo cual, cuando se acerca Fernand para rematarlo se incorpora y siguen la pelea.

En uno de los lances, Edmundo para con su mano la espada de Fernand y le clava la suya, pese a lo cual Fernand continúa la pelea, aunque Edmundo logra romperle la espada, que pese a ello Fernand le clava en el estómago.

Con los dos heridos, Fernand se dirige a Dantés, que está de rodillas, para rematarlo, aunque Edmundo logra dominarlo, ante lo que Fernand le pide que lo mate, aunque Edmundo le dice que no, pues siempre se enaltece a los muertos y acaban perdonándolos y no quiere que le perdonen.

En la iglesia donde se iba a casar con Edmundo, Mercedes encuentra dentro de una Biblia una carta de este.

En ella, Edmundo le dice que se despide de ella en el lugar donde los separaron al uno del otro ese mismo día, 21 años atrás, y muchas cosas se ha roto dentro y fuera de él, de modo que el hombre que conoció ya no existe.

Recuerda que le prometió amarlo hasta su muerte e incluso más allá y siempre la amará, pero ya no puede hacerle feliz. Solo puede ofrecerle consuelo.

Pero su hijo será feliz. Él y Haydée vivirán la historia que ellos no pudieron vivir.

Le dice que después de esa carta no quedarán más que recuerdos, que se llevará consigo al mar, el único lugar en el que todo es horizonte y donde los hombres no pudieron dejar su rastro y le pide que viva y sea feliz y que no olvide que toda la sabiduría humana se resume en dos palabras: confiar y esperar.

Ella sonríe al leerla.

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